Una ciudad para ser descubierta con todos los sentidos. Los aromas, los colores, el bullicio incesante, el sol más intenso y un sinfÃn de curiosidades que despiertan en el viajero múltiples sensaciones.
Marrakesh es una de las más prestigiosas y más visitadas ciudades de Marruecos, el paÃs del extremo norte africano. Para visitarlo se necesita estar con el corazón y la mente muy abierta y asà encontrarse con costumbres, comidas y personas muy distintas. Los rituales seguidos por los mas fieles seguidores de la religión musulmana son, entre otros, descalzarse y arrodillarse en cualquier parte de la ciudad cada vez que las mezquitas anuncian el horario de la oración (que por cierto se hace cinco veces al dÃa).
Marrakesh, como la mayorÃa de las ciudades imperiales de Marruecos, tiene un casco histórico digno de recorrer lleno de callejuelas laberÃnticas y famoso por su plaza y alborotado mercado. Todo ese casco histórico, artesanal, poblado de personajes eclécticos, está amurallado y del lado externo se alza la contracara; el barrio francés, (recodemos que Marruecos estuvo mas de cuarenta años bajo protectorado de Francia). Allà están los más lujosos hoteles, los bares, el boulevard que atraviesa la avenida principal rodeada de resorts y palmeras. Sin embargo ante todo ese escenario moderno es común que se crucen hombres en camello y mujeres envueltas en velos paseando con muchos niños.
Hay un clima de desorden reinante, pero uno de vacaciones no lo padece, por el contrario lo disfruta porque aprecia el auténtico ritmo del lugar. Los primeros dÃas de la estadÃa puede ser un tanto agobiante la insistencia de todos los trabajadores lugareños, taxistas, comerciantes y guÃas locales que insisten desmedidamente para que uno acepte sus servicios o compre sus mercancÃas, después llegas a entender que es el modo de interrelacionarse y ya no resulta violento. De todos modos, pese a esta caracterÃstica, hay que destacar la amabilidad con que se trata a los turistas, en especial en los hoteles y restaurantes.
La música, en especial de percusión, los aromas a especies que invaden el mercado, el té de menta servido en cualquier momento y lugar, la plaza Jema El Efna, con sus juglares (encantadores de serpientes, mujeres que te tatuan con hena, acróbatas y adivinadoras de la suerte) y los restaurantes tÃpicos que la bordean son imágenes que quedarán por siempre guardadas en las retinas y en la memoria de todo viajero occidental que se de el gusto de ver un lugar y formas de vida tan diferentes a la nuestra.

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